Raúl González Fabre sj
curriculum ética y economía ace simulations ética de la empresa ética general pensamiento social católico global venezuela españa - europa blog espiritualidad
Octubre 2017 rgfabre@comillas.edu

La dimensión interpersonal del asunto catalán es la que más me preocupa.

4 Oct 2017

De ella no me inquieta especialmente la relación entre los catalanes y el resto de los españoles. Tengo bastantes amigos catalanes, unos independentistas, otros no, y de otros no tengo la más mínima idea. Todos ellos son buenas personas de quienes no espero nada malo, pase lo que pase en el plano político, estemos de acuerdo o en desacuerdo o, como suele ocurrir, parte y parte.

El 'anticatalanismo' que pueda ver a mi alrededor es a la vez político y genérico. Político quiere decir que es oposición a la independencia y sus preludios (particularmente los ilegales), y genérico, que desaparece en las relaciones concretas con personas nacidas en Cataluña.

A lo peor existe una fobia anti-catalana en sí, pero yo no tengo el disgusto de conocerla en los varios medios en que me muevo. Ni siquiera en los medios de comunicación formales asoma más que rara vez (otra cosa son las redes sociales, donde cualquier loco con tiempo puede verter sus manías libremente).

Lo que me preocupa es lo que mis amigos catalanes me narran que está sucediendo dentro de la misma Cataluña, entre algunas familias, amigos, comunidades religiosas, y demás grupos de gentes cercanas; no sé cuánto realmente.

Sobre eso hay que andarse con mucho cuidado, porque en España tenemos experiencias repetidas de sentires nacionales (unos u otros según la ocasión) y de afiliaciones políticas (también según el caso) como creadores de heridas en la convivencia que tardan décadas, a menudo generaciones, en curar. Todavía no nos hemos acabado de recuperar de lo que la guerra civil hizo en las familias y los vecindarios; tampoco han sanado todas las heridas de ETA en el País Vasco.

Los sentires nacionales y las afiliaciones políticas tienen el potencial del convertirse en ídolos. Son ídolos cuando estamos dispuestos a sacrificarles personas, a destruir la convivencia cercana por ellos.

Una cosa son las luchas políticas, en que podemos encontrarnos enfrentados por aspiraciones incompatibles; otra cosa es llevar el enfrentamiento político al campo personal y destruir por él una familia o una amistad, proyectarlo sobre los niños, discriminar y boicotear el desarrollo comunal de aquellos con identidad distinta a nosotros...

Eso nada tiene que ver con ser independentista o no (lo cual es un asunto básicamente político), sino que debe evitarse en todo caso porque ninguna identidad política debe volverse un ídolo.

Quienes piensan que llevando una identidad al extremo interpersonal la hacen más fuerte políticamente, se equivocan por varios capítulos. Entre otras cosas, hartan a la mayoría de la gente, que quiere sobre todo convivir en paz, ayudándose mutuamente a llevar las dificultades de la vida, que bastantes son sin necesidad de añadirles más. Pero además crean daños sociales duraderos. Es un pecado muy serio, lo cometa quien lo cometa y por la razón que sea.

Distinguir la dimensión psicopolítica de la interpersonal, aunque ambas tengan un componente emocional significativo, es esencial para mantener cada una en su sitio. Por eso ojalá sean pertinentes, y dignas de ser discutidas, solo las dimensiones legal, política y económica del asunto catalán.