Raúl González Fabre sj
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Octubre 2017 rgfabre@comillas.edu

Dos peligros de la política de las emociones en España


5 Oct 2017


Este post sigue al anterior, intentando explicar un poco más la frase con la que acaba, y dar un pasito adicional... Es algo más filosófico, y más frío, pero quizás por eso también resulte más interesante a algunos lectores.


¿Te animas con un pasaje muy famoso de Hegel en La Razón en la Historia?


Lo particular tiene su interés propio en la historia; es un ser finito y como tal debe perecer. Es lo particular lo que se utiliza en la lucha y resulta en parte destruido; y de esa lucha y esa desaparición de lo particular surge lo universal, a lo que nada de aquello turba. La Idea no se expone al conflicto, la lucha y el peligro; se mantiene apartada de todo ataque y daño y envía al combate a la pasión para que en él se consuma. Podríamos calificar como astucia de la razón a ese dejar obrar por ella a las pasiones, de suerte que sólo ellas alcanzan pérdidas y daños. (...) Lo particular es demasiado pequeño frente a lo universal; y los individuos son, en consecuencia, sacrificados y abandonados. La Idea paga tributo a la existencia y a la caducidad no por sí misma, sino por medio de las pasiones individuales.


La tesis de fondo no solo no es cristiana, sino que es anticristiana en cuanto valoración. A los cristianos nos importa mucho lo particular, sobre todo las personas en particular, cada una de ellas y sus relaciones concretas.


Pero la tesis no es estúpida en cuanto descripción de cómo funciona la Historia. Viene a decir que el conflicto de las pasiones, políticas por ejemplo, encubre colisiones estructurales de fondo en que acaban por predominar aquellas pasiones que vehiculen más fuerza racional (dejando el correspondiente reguero de desastres particulares, claro).


La colisión puede no ser rápida, y puede tener altos y bajos muy variados, como corresponde a la volatilidad y la fiereza de las pasiones. De hecho, en este momento el Brexit, Trump o Maduro ofrecen buenos ejemplos de pasiones aparentemente victoriosas. Pero, y esto es lo que diría un análisis hegeliano, ninguno va especialmente bien, no porque sean apasionados, sino porque lo son de pasiones que no invisten la razón.


La política tiene siempre una dimensión emocional: las emociones son las que nos movilizan. Poca gente se mueve en política por la sola racionalidad de una posición. Pero las posiciones políticas acaban triunfando o fracasando (y con ello arrastrando a quienes las sostuvieron con mayor entusiasmo) por la racionalidad de fondo que encarnan aun sin saberlo. Eso diría un hegeliano, y como descripción no es tonta.


Marx da un buen ejemplo. Partiendo de Hegel, formuló un “socialismo científico” sobre el cual se construyeron grandes movilizaciones políticas. Triunfó en muchos lugares por décadas. Pero Marx había cometido algunos errores racionales en su propuesta, y ello acabó por pasar factura a las posiciones políticas basadas en sus tesis. Su fracaso económico y político costó muchos millones de vidas y terribles tiranías.


En mi opinión, la posición del independentismo catalán no funciona a tres niveles estructurales, que encarnan razones bastante fuertes:


1. El legal, porque la autodeterminación no es constitucional en este momento; así que o se cambia la Constitución como ella misma prevé, o constituye técnicamente un golpe de Estado (civil, eso sí). Dialogar se puede hacer, siempre que no suponga pedir al gobierno central que él dé el golpe de Estado.


2. El económico, porque la independencia rompería el mercado y sacaría a Cataluña de la Unión Europea; y el mero movimiento hacia ella puede causar serios y súbitos problemas a las instituciones financieras catalanas sobre todo.


3. El de la ‘Realpolitik’, porque ningún país grande de Europa aceptará que puedan separarse territorios ‘por las malas’. Ello daría alas y horizonte políticos a los infinitos movimientos separatistas de una Europa que es una colcha de retazos históricos.


Como se trata de razones, muy sumariamente expuestas, igual me equivoco. Pero la discusión correspondiente sería racional, no emocional.


Ahora, la movilización política de masas es esencialmente emocional. Supongamos que hay dos millones de personas emocionalmente movilizadas a favor de la independencia en Cataluña. O más, o menos, lo mismo da, porque el éxito o el fracaso de lo que intenten no depende de cuántos sumen, ni de cuán ardorosas sean sus pasiones políticas, sino de la racionalidad que estas encarnen.


Dos cosas me preocupan al respecto:


1. Una, la que expliqué en el pasado post: que las malas perspectivas en los terrenos de las racionalidades legal, económica y política estén llevando a independentistas diversos a escalar su política de las emociones (la única a mi modo de ver en que tienen una buena baza) hacia dentro de la vida privada y comunal.


Políticamente eso no sirve de nada, probablemente sea contraproducente, pero tiene gran potencial para envenenar la convivencia en Cataluña --familiar, escolar, vecinal, comunal...-- por décadas. Hacer una política independentista de las emociones es moralmente legítimo; construir sobre ella enemistades y discriminaciones personales no lo es.


2. Y otra, que constituye el punto añadido en este post porque no estaba en el anterior: la aparición de cada vez más emociones del lado pro-español, sin canal político para expresarse (no son organizadas por ningún partido parlamentario, al menos fuera de Cataluña; allí no sé realmente).


Un tema es si también se trasladarán a la vida privada, o se mantendrán como motivadoras de una acción política normalmente legítima. Me parece pronto para estimarlo.


En este momento me preocupa más que esa emoción política pro-española constituye un rebaño sin pastor. O sea, un rebaño esperando pastor, porque los partidos españoles parlamentarios han mostrado todos una considerable incapacidad para la política emocional.


En mi opinión, se trata de una emoción que probablemente vencerá en el conflicto político de la independencia catalana, porque encarna (sin saberlo en muchos casos), racionalidades más fuertes en tal conflicto.


Si el pastor de esa emoción aparece fuera de los grandes partidos, igual nos encontramos con un movimiento nacionalista español articulado, que mañana y ante otros temas puede encarnar posiciones contrarias a la razón. Nada exótico: así los hay con muchos diputados en países como Francia, Alemania, Reino Unido, Austria, Grecia, Italia, Holanda, Finlandia, Polonia, Hungría, Estados Unidos ahora...


Un nuevo partido político sobre una emoción pro-española victoriosa en el asunto catalán, puede mover esa emoción hacia la xenofobia, el anti-europeísmo, el proteccionismo... o cualquier combinación de ellos. Eso sería un desastre. Hasta ahora veníamos librándonos en España de grandes vehículos políticos explícitamente articulados en torno a emociones nacionalistas, sobre las cuales promover irracionalidades estructurales.


Espero sinceramente que ni una cosa pase (en el caso de un partido nacionalista español grande) ni la otra se consolide (en el caso del envenenamiento de la vida privada en Cataluña).