Raúl González Fabre sj
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Octubre 2017 rgfabre@comillas.edu


El número de las cosas sagradas

20 Sep 2015


El número de las cosas sagradas es cero o uno. No pueden ser más.


Cero se explica por sí solo. Es la posición del ateísmo de fondo, del que no es ni pretende ser un humanismo. Para él, no hay nada sagrado sino todo se mide por su utilidad pragmática para los propósitos de quien habla. Por él es fácil explicar las dinámicas de fondo del capitalismo tardio de consumo en que vivimos.


Una cosa sagrada requiere más explicación. La encontramos, por ejemplo, en las posiciones creyentes, sea en Dios (entonces este es sagrado), sea en el Hombre (los humanismos ateos o agnósticos). Lo sagrado es absolutamente valioso, fuera o dentro de la Historia pero siempre en última instancia gobernándola.


Dos cosas sagradas no puede haber, porque cuando entran en algún tipo de contradicción se opta por lo verdaderamente sagrado, máximo uno. "Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro." (Mt 6,24).


Lo vemos estos días en la frontera Este de Europa, como ya nos acostumbramos a que ocurriera en nuestra frontera Sur: la Nación por encima de la Persona; la Nación sagrada, las personas desechables. El viernes empezaremos nuestro post mostrando que la Nación es una forma de la propiedad privada: la Nación por encima de las personas significa la Propiedad por encima de las personas. Los míos y su propiedad sagrados, constituidos en dioses.


Muchos de mis alumnos piensan que hay una contradicción entre considerar a Dios sagrado y respetar a las personas como sagradas. Solo puede haber una cosa sagrada, no dos. Su interpretación de los asesinatos en nombre de la religión, de la patria, del poder... es tajante: en nada de ello puede verdaderamente creerse, porque hacerlo es relativizar lo más cercano a algo sagrado que tenemos, que son las personas. Tienen razón.


Esto fue comprendido ya en la primera generación cristiana, en Jesús mismo: "El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado". La única forma de que tanto el Hombre como Dios sean sagrados, es que Dios señale al Hombre como sagrado. En Jesús encontramos el extremo de esa indicación: "tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»." (Flp. 2,6-9).


Encarnación, asesinato, resurrección del mismo Dios hecho Hombre. Una fuerte manera de decirnos que cualquier acción en nombre de Dios que no trate a las personas como sagradas es una blasfemia, la misma blasfemia de los Sumos Sacerdotes que condenaron a Cristo. Pues sagrada es, en realidad, una sola cosa. Donde parece haber dos, Dios y el Hombre, se han vuelto una en Jesús pobre y asesinado.


"Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús." (Gal 3,28). Vivir la Identidad como sagrada, la Nación como sagrada, la Propiedad como sagrada, es idolatría: hacer sagrado lo que no puede serlo, levantar un dios falso contra el Dios verdadero. Contra el Dios que se hizo Hombre, fue matado por clérigos y militares idólatras, y resucitado al tercer día. El que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, dice el Credo.


Este asunto de lo sagrado parece mera teología, pero al final, de qué consideres sagrado termina dependiendo que expulses colombianos a través del río porque no tienen papeles, que rechaces sirios o africanos en los bordes de Europa, que pongas vallas y fronteras donde no las había, que emprendas las rutas de la insolidaridad estructural contra los más pobres que tú.

***

Una canción de Alí Primera, gran cantautor comunista venezolano, muerto hace treinta años ya. Llena de venezolanismos y alusiones contextuales, su título se entiende sin embargo muy bien: La Patria es el Hombre.


La carta de Kayla Mueller

12 Feb 2015


Kayla Mueller (26) era una cooperante americana de Médicos sin Fronteras, secuestrada en Siria por ISIS en 2013 y muerta en un bombardeo en enero de 2015.

Kayla había enviado la siguiente carta a su familia, que esta ha hecho pública tras su muerte:


Hola a todos,

Si reciben esta carta significa que todavía estoy detenida, pero mis compañeros de celda (desde el 2 de noviembre de 2014) han sido liberados. Les pedí que contactaran con ustedes y les enviaran esta carta. Es difícil saber qué decir.

Por favor, sepan que estoy en un lugar seguro, no he sido lastimada y tengo buena salud (de hecho he engordado); me han tratado con un gran respeto y amabilidad. Quería escribirles una buena carta (no sabía si mis colegas saldrían en los próximos días o en los próximos meses, por lo que podría tener menos tiempo), pero sólo pude escribir un párrafo cada vez: sólo pensar en ustedes me hace derramar lágrimas.

Si tuviera que decir que sufrí durante toda esta experiencia, fue sólo cuando me ponía a pensar en lo mucho que ustedes sufrieron por mí. Nunca les pediré que me perdonen porque no merezco ser perdonada.

Recuerdo que mamá siempre me decía que, al final de todo, al único que se tiene es a Dios. En mi experiencia, he llegado a un lugar en que, en todo sentido, me he rendido frente a nuestro Creador porque literalmente no hay nada más. Gracias a Dios y a sus plegarias, me he sentido acunada mientras iba en caída libre. Me han mostrado la oscuridad y he aprendido que incluso en prisión uno puede ser libre. Estoy agradecida.

He entendido que el bien existe en cada situación, a veces sólo tenemos que buscarlo. Rezo todos los días para que se hayan sentido más cerca de Dios y también se hayan entregado a él y hayan creado un lazo de amor y apoyo entre ustedes.

Los extraño como si hiciera una década que estamos separados. He tenido muchas y largas horas para pensar, para pensar en todas las cosas que haré con Lex, en nuestro primer campamento familiar, en nuestra primera reunión en el aeropuerto. He tenido muchas horas para pensar cómo sólo en sus ausencias finalmente, a los 25 años, he logrado entender sus lugares en mi vida: el regalo que cada uno de ustedes representa, la persona que podría y no podría ser si ustedes no hubieran sido parte de mi vida, mi familia, mi apoyo. NO QUIERO que las negociaciones para mi liberación sean un deber. Si hay otra opción la tomaré, incluso si significa más tiempo. Esto nunca debería haberse convertido en una carga.

Les he pedido a estas mujeres que les den apoyo, por favor escuchen sus consejos. Si aún no lo han hecho, [...] puede contactar con [...], quien puede tener cierto nivel de experiencia con esta gente.

Nadie se hubiese imaginado que esto podría llevar tanto tiempo, pero también sé que estoy peleando en la forma que puedo, y que tengo mucha fuerza dentro de mí. No voy a colapsar y no me rendiré, sin importar cuánto tiempo lleve.

Hace unos meses, escribí una canción que dice: "La parte de mí que más duele también es la parte que me saca de la cama, sin tu esperanza no tendría nada", o sea, pensar en el dolor es la fuente de mi fuerza; simultáneamente, la esperanza de reunirme con ustedes es la fuente de mi fuerza.

Por favor sean pacientes, ofrézcanle su dolor a Dios. Sé que ustedes quieren que me mantenga fuerte. Eso es lo que estoy haciendo. No teman por mí. Continúen rezando como yo y con la voluntad de Dios estaremos juntos de nuevo.

Con todo mi ser,

Kayla

La oración y el silencio

4 Ene 2015


La oración no consiste en poseer sino en ser poseído. Por eso su clave primera es el silencio, la inactividad del yo que deja espacio a la Palabra del otro. Lo esencial es callar, abandonar el intento de organización y control de nuestro mundo siquiera sea por un rato cada día.


Dios es libre frente a nuestro silencio, pero no frente a nuestro ruido. Si callamos, podemos escucharle, y de ese contacto personal se sigue siempre lo que San Ignacio llama ‘consolación’: todo cobra un sentido que, como el amor y el ser, hemos recibido, no manufacturado nosotros mismos.


Por el contrario, la ‘desolación’ no estriba en el silencio de Dios sino en perder la paciencia ante ese silencio y volver al ruido provocado por nosotros mismos, a la actitud de intentar controlar lo incontrolable. El silencio de Dios, si sigue a nuestro silencio, no provoca desolación. Es solo “la noche oscura del alma” que describen los místicos, cuando se han abandonado las pretensiones vanas del yo pero todavía no reconocemos la voz de Dios.


Dios puede hablar con una voz tenue, como la que oyó Elías en el monte Horeb (1 Re 19,9.11-13b), como el Niño que nace en Navidad: parece poca cosa, pero resuena más fuerte que la tempestad, el terremoto y el fuego. En ella hay verdadero poder, el poder que atraviesa la muerte.


La ‘desolación’ no es lo mismo que esa noche oscura. Al revés, consiste en volver a los “ajos y cebollas de Egipto” (Num 11,4-6) ante la percepción del silencio de Dios. Esto es, confiar de nuevo en un mundo hecho a nuestra imagen y semejanza, una obra nuestra donde habitar en seguridad por nuestras propias fuerzas incluso si no se cumple la promesa de Dios.


En sí misma, esta actividad de configuración de nuestro mundo constituye una parte necesaria de la vida, a la que dedicamos tantos esfuerzos. Su límite es que no puede salvarnos, igual que no puede hacernos ser. Resulta vana la pretensión de que nuestro ser dependa de nosotros mismos, de otras personas, de los sistemas sociales de soporte, del mundo que organizamos alrededor nuestro. Solo podemos ser salvados (como solo podemos ser creados) por Dios. El problema no se encuentra en la actividad en sí, sino en la pretensión de que produzca lo que no puede ofrecernos.


Por eso es un problema en la oración. En el fondo, la oración consiste en abrir una puerta. La desolación no estriba en que nadie entre por ella, o en que no seamos capaces de reconocer a Ese que entra; consiste en cerrar la puerta.


Sorprendentemente entonces, la desolación puede estar construida en el planteamiento de la oración (y con cierta razón se dice que lo está en los Ejercicios de San Ignacio, si no se entienden con cuidado). La oración mal pensada constituye ella misma un acto de posesión sofisticada, no de desposesión; y entonces deja de ser realmente una oración. Se convierte quizás en un ejercicio de ‘mindfulness’ bueno para concienciarnos de nuestro cuerpo, rebajar el stress, tomarse las cosas de otra manera más personal... pero que no pretende en realidad oir a Otro sino solo a nosotros mismos, quizás a zonas de nosotros que no estamos tan acostumbrados a escuchar. Útil seguramente, pero no es oración.


La oración mal planteada se autoderrota. Si la entendemos como un acto de posesión, ‘un tiempo que nos dedicamos a nosotros mismos’, ya lo está. Más sutilmente, también lo está si le fijamos objetivos, a la manera de una mala lectura de los Ejercicios: como si la consolación fuera una sensación que podemos construir siguiendo ciertos pasos. La consolación consiste precisamente en lo opuesto: en que sea Otro quien construye dentro de nosotros (Gal 2,20). Es un regalo, no un objetivo.


El único objetivo de la oración consiste realmente en no tener objetivos por un rato al menos. Carece de sentido situar el tiempo de oración como una actividad entre las muchas otras actividades de cada día. No es la posesión de un tiempo, sino al revés, un tiempo para la desposesión.


Quien ha cuidado niños sabe de qué hablo: su tiempo no es el tiempo del adulto, y hay que dedicarles lo que necesiten. No se posee el tiempo para los niños como los demás periodos del día, aunque haya que hacerle un hueco entre ellos. Pero es un hueco cuyo control ya no está en manos del adulto; y si el niño necesita más tiempo, es el adulto quien ajusta sus otras actividades. La lógica del amor es precisamente así: dejar la posesión en las manos de otro, ser poseído por él y recuperarse a uno mismo de una manera enteramente diferente a autoposeerse.


No por causalidad, criar niños dota de sentido a todas las demás actividades de la mayor parte de los adultos: constituye uno de esos hilos donde Dios se hace presente en la vida de las personas. Si entendemos su estructura profunda, entendemos también la de la oración; criar un niño es exactamente lo contrario de un acto de autoposesión, exactamente lo contrario a un acto de control o de consumo.


La Misa del Gallo

24 Dic 2014


El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.

Porque la vara del opresor y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebrantaste como el día de Madián.

Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre, serán combustible, pasto del fuego.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre:

«Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.»

Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino.

Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre.

El celo del Señor de los Ejércitos lo realizará.

Is. 9, 1-6


Dos cosas me han impresionado de esta lectura, la primera de la Misa del Gallo de 2014:


1. Caminar en tinieblas es nuestra experiencia cotidiana, porque la luz que nos esforzamos por darnos a nosotros mismos es apenas una ilusión para sentir que no estamos a oscuras, como un pequeño candil que, con suerte, consigue iluminar nuestros alrededores pero no el paisaje ni el camino mayor en que estamos.

Es la diferencia entre andar en el campo con una pequeña linterna , y que amanezca. Los ruidos y las sombras que sentíamos amenazarnos --la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre--, aquello que tanto nos asustaba, cobra ahora sus verdaderos contornos.Pueden acabar con esta vida, pero más no pueden contra nosotros.


2. La diferencia la hace un niño. En su pequeñez, en su indefensión, se oculta el poder de volver radicalmente las tornas. Como en un prenuncio de la Cruz, quien parecía incapaz de salvarse a sí mismo es en realidad la salvación de todos, porque su cuerpo débil rescata el universo entero y lo vuelve un mundo para personas, un mundo de plenitud.

Y al revés, el que pensaba salvarse a sí mismo apropiándose de la vida de otros, absorbiéndola para fortalecer su propia existencia, ahora está muerto. No hay salvación en ese camino. La única salvación posible se encuentra en el niño que nace y muere entre los que habitan una tierra de sombras, los fracasados de la vida.

Esto es como decir: en medio de cada uno de nosotros cuando, por fin, aceptamos que no podemos salvarnos a nosotros mismos y que tal esfuerzo está destinado al fracaso, no importa cuánto nos empeñemos, no importa cuántas ruinas sembremos a nuestro alrededor.

Entonces dejamos nuestra salvación en sus manos, y su presencia es nuestra alegría.


Alegría y paradoja

13 Dic 2014


Naturalmente nos alegramos por las cosas que nos salen bien, lo que allegamos para vivir. Es una alegría legítima en la mayoría de los casos. Es normal que nos alegremos si estamos bien de salud, si nuestro país funciona, si alguien tiene éxito en la familia, etcétera. Alegrías de ese tipo vienen ligada a una posesión, se ponen en algo que llegamos a asegurarnos (una cosa, más a menudo un evento o una situación), nosotros personalmente o nuestro círculo afectivo cercano.


Hay una emoción diferente en dejarse en las manos de otro, porque viene acompañada por la sensación de perderse. No es exactamente el mismo tipo de alegría. Sin embargo, de ella depende nuestro ser, que no nos dimos a nosotros mismos y no podemos en realidad poseerlo. De hecho si intentamos poseerlo con ello lo hemos perdido; y si, al contrario, lo entendemos perdido en cuanto posesión, entonces podemos comprender que su origen y su destino consisten en una relación gratuita. Dice Jesús: “Quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará”. (Lc 17,33)


El amor produce alegría, sin duda, pero es una alegría distinta a la posesión. No solo distinta; en realidad tiene algo de contradictoria: si intentamos poseer a alguien, controlar sus pasos para aliviar nuestras inseguridades, manipularle de alguna manera al servicio de nuestro ser, con ello se disuelve precisamente el amor. Y al revés, poner nuestro ser al servicio del suyo de manera genuina, gratuita, expresa el amor y lo acrecienta. Lo curioso es que en ese perderse, nos encontramos a nosotros mismos como jamás ocurriría tratando de poseer, controlar, retener...


La estructura última de la vida es así contradictoria: como dijimos en el post previo, consiste en descubrir debajo de todas nuestras legítimas actividades para asegurar la vida, los hilos sutiles de una relación en que la existencia no es conquistada sino recibida y dada. En otros términos, consiste en cambiar la alegría de la posesión y el aseguramiento por otra muy distinta, hecha de vulnerabilidad y confianza. Tan distintas son, que muchas personas solo llegan a la segunda porque los hechos le quitan la obsesión por la primera.


Recuerdo una prueba de la existencia de Dios que le oí a un jesuita en Venezuela, quizás oída a su vez a Benjamín González-Buelta: Cuando conocemos a alguien pobre, cuya vida es una sucesión de desgracias y problemas personales, familiares, barriales, y esta persona nos dice que se apoya en Dios para seguir viviendo, sabemos que es verdad porque no tiene ninguna otra cosa en qué apoyarse y sin embargo no se cae.


La posesión y la desposesión

6 Dic 2014



El instinto básico de la vida consiste en poseer. Se presiona en el centro de la palma de un bebé, y atrapa nuestro dedo con su mano. Una podría interpretar casi cada iniciativa nuestra como queriendo reunir cosas, relacionarnos con personas y poner condiciones que aseguren en lo posible la sobrevivencia, primero, y la expansión de nuestro ser luego. Vivir más tiempo, con mejor calidad de vida, de manera más segura... y para ello desarrollamos una carrera, compramos cosas, intentamos controlar o al menos hacer predecibles a las personas cercanas, nos unimos en empresas, participamos en política.


No tiene por qué ser un propósito individualista. Al revés, una parte importante de esos objetivos personales los buscamos y los alcanzamos junto con otros. Estudiamos cómo hacerlo mejor: desarrollamos tecnologías, organizaciones y formas sociales para ser más eficaces juntos que por separado. Nuestras ciencias naturales, humanas y sociales procuran eso. Nuestros aparatos tecnológico, económico y político deberían realizar lo más eficazmente posible el movimiento conjunto hacia una mayor apropiación y un mayor aseguramiento; son frecuentemente cuestionados por quienes piensan que podría hacerse mejor en cada caso.


Más aún, nuestro propósito de apropiación y aseguramiento con mucha frecuencia abarca comunidades en las que nos sentimos integrados hasta el punto de que el sufrimiento y la alegría del otro son también nuestros. Típicamente ello ocurre con la familia y algunos amigos; pero los límites de esas comunidades de vinculación profunda pueden ser más amplios para algunas personas.


Tampoco tiene por qué tratarse de un propósito en alguna manera inmoral o contrario a la ética. Por el contrario, para actuar en conjunto de forma efectiva y sostenible, son precisas ciertas virtudes de la coordinación con los demás, que la hacen equilibrada, buena para ambas partes y por tanto repetible. Además de estas virtudes "sociales", la autoposesión y el autoaseguramiento no están reñidos con la construcción de un yo de "buena calidad" moral, por así decirlo. Al revés, el desarrollo de las virtudes personales, profundamente imbricadas con las virtudes más sociales, mueven a la persona hacia la plenitud del "llegar a ser todo lo que uno puede ser".


Sin embargo, esta pretensión de poseer y asegurar es por sí misma “una pasión inútil”, en la expresión de Sartre. La muerte hace vano el intento: puede salir mejor o peor entretanto, pero al final siempre resulta mal. La muerte es la más segura de nuestras seguridades, la que acaba con todo posible aseguramiento, con todo conato nuestro de organizar un mundo, poseerlo y habitarlo. Aceptar esto es la clave de cualquier ateísmo serio, incluidas las variantes budistas que quieren evitar el fracaso final del yo disolviendo el yo.


El Evangelio muestra otra lógica: el yo que se recupera perdiéndose en el amor.


La Vida finalmente no se gana por la perfección del propio ser, individual o colectiva, en colaboración con otros o a costa de ellos. No se gana por la posesión y el aseguramiento, aunque la tensión de poseer y planear sea del todo legítima cuando se lleva bien, o sea, de manera genuinamente colaborativa. Aun así, el hermoso castillo de arena construido en la playa no debe hacernos olvidar que la marea va a subir y llevárselo. Nada del castillo permanecerá, excepto una sola cosa que es la importante, como dijo Jesús a Marta: aquella que tiene la capacidad de salvarnos; la que pasará con nosotros el rio de la muerte, cuando dejemos de este lado absolutamente todo lo demás.


Tal cosa es el amor, que solo puede ser experimentado en y como desposesión, o sea, en el sentido contrario a nuestro instinto primero de poseer. Es paradójico: hacemos de todo para poseer y asegurar la vida, y justamente lo único que puede darnos Vida consiste en lo contrario de poseer y asegurar. Y es que la Vida no es algo que se hace, se planifica, se conquista; sino algo que se recibe.


Entonces, el esfuerzo de vivir nosotros y los nuestros, que sigue consistiendo en poseer lo necesario y planificar para tenerlo disponible en el futuro, adquiere un significado adicional. En la madeja de nuestra vida cotidiana, encontramos algunos hilos que significan algo enteramente distinto a los afanes de nuestra vida cotidiana. Identificar esos hilos y seguirlos nos pone en contacto con una Vida que ya no consiste en tener y asegurar, y nos enseña la lógica de un amor recibido que nos salvará. Están ahí, esperando ser vistos. Para hallarlos, ninguna guía como el Evangelio, porque son los hilos puestos por Dios en nuestra existencia, su mano tendida, su amor ofrecido.


Un pequeño experimento cartesiano

2 Dic 2014


Voy caminando por el campo, solo, y veo unos perros de presa agresivamente corriendo hacia mí. Siento miedo.

Los perros pueden no venir por mí. No lo sé. Pasan a mi lado a toda carrera, y se pierden detrás mío.

Los perros pueden no estar solos. Un poco después su dueño los sigue en una bicicleta que aparece tras un recodo del camino. Los perros estaban vigilados, bajo control.

Los perros pueden no existir. Los he soñado.

La percepción de la res extensa puede haber sido engañosa en muchos sentidos. Sin embargo, del miedo que he sentido no puedo dudar.


Zimbardo y el Buen Samaritano

30 Nov 2014


Ayer sábado hemos tenido un retiro comunitario por la mañana. Propuso los puntos José María Rodríguez Olaizola, un jesuita joven de Valladolid (siguiendo la doctrina de mi abuelo, llamo joven a toda persona más joven que yo), quien se mostró muy competente en espiritualidad y pastoral. Habló sobre la dimensión temporal de la vida espiritual, en el comienzo del Adviento. De las varias cosas que me llamaron la atención de su planteamiento, recojo aquí la referencia a un experimento de psicología social llevado a cabo por J. Darley y D. Batson en 1977 y narrado por Philip G. Zimbardo (2008:15).


Consiste en lo siguiente:  A unos estudiantes del seminario de teología de Princeton se les pide que preparen una exposición individual hablada sobre la parábola del Buen Samaritano, para ser evaluada por profesores suyos en otro edificio. Una vez que la han preparado, a un grupo A se les dice que ya van tarde para la presentación y que deben apresurarse para llegar adonde están los profesores; y a un grupo B se les da una hora que les permitiría llegar con toda comodidad.


En el camino, a cada estudiante se le cruza una persona mal vestida y tosiendo, que obviamente necesita ayuda. No hay nadie más a la vista, de manera que cada uno debe decidir si actúa como un buen samaritano, atendiendo esa persona; o como el sacerdote y el levita de la parábola, ignorándola.


Darley y Watson encontraron que mientras la mayoría de los estudiantes del grupo B, que pensaban que tenían mucho tiempo para llegar al lugar de la presentación, se detuvieron a ayudar, el 90% de los del grupo A, que creían que ya estaban retrasados para su presentación sobre el Buen Samaritano, no lo hicieron. Nada más distinguía a un grupo de otro que esa información sobre cuánto tiempo tenían para presentarse ante los examinadores.


A mí más que esa diferencia entre los grupos A y B, me parece interesante el experimento por las diferencias dentro de los grupos A y B. Colocados en una cierta situación temporal, si ayudamos o no depende a menudo de nuestra relación psicológica con el tiempo. Cuando nos preocupa nuestra propia calidad moral, esa relación debe sin duda ser tenida en cuenta.